Revolver

Me giro hacia el cubo de CD con los catorce discos. Creo que en mi elección pesa más el blanco y negro de la portada -con sus líneas inquietantes y sus dibujos desabridos, faltos de corporeidad, solapados unos con otros- que la propia música en sí, aunque sé que es uno de mis favoritos, de modo que lo desprecinto, lo coloco en la minicadena azul de la habitación y empiezo a disfrutar de canciones que he escuchado cientos de veces. Acabo de saber de la muerte de Javier Marías. Se va él y un sentimiento de estupor nace en mí como si hubiera estado ahí desde siempre. Evoco imágenes.

Como casi siempre, he llegado con el tiempo justo, de modo que me toca verlo desde el anfiteatro de arriba. Me quedo en el flanco derecho, donde solo hay dos filas, estrechas, y mi visión está cortada por uno de los cámaras que graba el encuentro. A mi lado se sienta un señor delgado, engominado, con pintas de haber estado los últimos veinte años tomando el sol en las playas de Marbella. Se le nota impaciente. A los pocos segundos pregunta al cámara si sabe si Vargas-Llosa acudirá al encuentro entre público y académicos, posterior a la charla. Entretanto, una chica guapa con acento argentino abandona a su madre y decide sentarse en la silla vacía que queda a mi lado, como buscando un sitio desde el que poder ver mejor. Pregunta si me está estorbando la visión, a lo que respondo tímidamente que no. Los académicos y los representantes de las academias americanas han ido desfilando poco a poco y situándose en el escenario. Para decepción del figurín, no aparecen los cabellos blancos de Vargas-Llosa, pero uno de los últimos que sale del ala izquierda del edificio es Javier Marías, con un andar a la vez vibrante y reposado, meciendo suavemente la cabeza hacia ambos lados, observando cuanto acontece, sin perder el brío ni el objetivo del asiento final, acompañado en todo momento, desde el umbral de la puerta hacia las butacas de la derecha y pasando por las escalerillas alfombradas, por el popular académico Liudwino, que no para de dirigirse a su colega, quien sonríe con aquiescencia. Desde que lo descubrí -al querer coleccionar algo tan vetusto como los discos compactos de mi grupo favorito- siento una gran conexión con él. Es como ver a un amigo, a un montón de ideas andantes, a un depositario de la razón, del arte, de la sabiduría, de la civilización, a pesar de la condescendencia, de las redes y de que el pajarito cante. Luz en la oscuridad. Alguien digno de celebrarse.

Yo también me muevo grácilmente entre el gentío. La charla ha terminado, pero los espacios se embotellan con los corros de los asistentes expandiéndose en el espacio y el sonido, como si, después de hora y media callados, los designios sociales estipularan que es el turno de estar propiamente presentes en esta realidad. Embocando la salida del edificio me encuentro a los azafatos con los libritos que recogen la charla a modo de souvenir. Mejor aún, entiendo al fin qué es el «vino español», toda una gracia lingüística y una encantadora sorpresa para los no fogueados en estos lugares. Espero un rato a solas, como una estatua impertérrita mirando hacia el Nuevo Mundo, con mi bandolera negra customizada con los rostros de los Beatles, hasta que veo aparecer a Javier por mi lado izquierdo. Me lanza una mirada de menos de un segundo en la que creo que me ha escaneado por completo. Me sorprende. Sigue su camino, algo cabizbajo. Imagino que es tímido y que hoy no está para recibir halagos. Apenas le he sonreído y en seguida lo pierdo de vista y se llena la sala. Mejor. Presiento el riesgo de violentar una virtud si la expreso en público o la comparto.

Engullo unas pocas nueces y un montón de uvas blancas. Todo el mundo parece tener algo que contar, pero difícilmente capto algo de lo que dicen mientras disimuladamente me paseo de un lado a otro en lo que no sé si es una sala hipóstila -hay algo menos de 10 columnas-, capitular o la simple entrada por donde recibían antiguamente los cargamentos de diccionarios. Un bonito palacete en el que vivir que sin embargo aprovecha cada último rayo de sol, quedando precioso en su fachada encarnada pero reduciendo considerablemente las horas de oscuridad por las que transitar. Vuelvo a localizar a la estrella del lugar. Creo que salió para fumar. Marías y Liudwino lo pasan en grande en el jardín. Este último, recién hecha la manicura, pareciera aprovechar la situación para lucirla, de modo que no se corta a la hora de refrenar grácilmente la pequeña pistola que muestra a Javier, quien sonríe y, con su acercanza de otro siglo, preserva el misterio de las miradas chismosas y escandalizables, disfrutando como si se tratara del improbable cromo de Gento que recién descubre en el patio del colegio.

Me pregunto si hay algo que se me escapa de la misma manera. Cómo lo importante se nos soslaya, en función de intereses abstrusos y dinámicas espurias. ¿Cuál es nuestra nicotina?, ¿qué me está matando pero no puedo dejar de usar?, ¿qué sobra y qué falta y por qué sé la respuesta pero no consigo reaccionar debidamente?

Caigo en la cuenta. Creo conocer un poco a esta gente. Hablan, se mueven y son como podrían hablar, moverse y ser Clare, Edward y Cramer-Blake y Tomás y Berta y Deza, Tupra, Wheeler y Luisa y María Dolz y Javier Díaz-Varela y todos los demás. Miro hacia la ventana. Diríase que Javier Marías nos vigila, nos dirige, mientras él disfruta de su vida y nos ilumina desde la oscuridad del jardín.

Sea como fuere, ocho años después escucho el disco entero y me convenzo de regresar a Región, de no desfallecer ni de vivir en penumbra cada funesto día de mi vida. Mañana ya veremos.

Deja un comentario

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar